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HACIA UNA POETICA DEL ORGASMO (*)
Los espíritus enérgicos, desean poseer para devenir, dice G.Bachelard en "La Formación del Espíritu Científico". De allí que nosotros postulamos la supremacía del orgasmo por sobre la anatomía, lo inasible por sobre lo concreto, el placer por sobre el saber. O mejor dicho, el placer por sobre el saber sin placer. La anatomía es lo inmediato, el orgasmo significa producir con paciencia. La anatomía se extingue con la simple percepción, el orgasmo es placer prolongado en el tiempo, y anhelo de renovación. Vive eterno en el espacio imaginario. El orgasmo es, quizá, de toda la experiencia sexual, la única que es intrasferible e "inenseñable". Ante los ojos infantiles, los padres siempre ocultan algo y si hay algo que ocultar en la experiencia sexual, eso es el orgasmo. Es algo ocultado, misterioso.
El orgasmo es una experiencia que nos coloca en los umbrales de la animalidad de donde todos provenimos. Lo buscamos con pasión; le tememos con recelo: nuestro ser pre-histórico se alza contundente y nos demanda fusionarnos con otros animales, en un desesperado intento por reproducirse y conservarse. El cuerpo se piensa en orgasmos. Cuando hacemos el amor y tenemos orgasmos, estamos pensando con y en el otro. Un orgasmo es una "ex-flexión", por opuesto a re-flexión.
El orgasmo - propongo - es una categoría del espacio interior, o sea, de la intimidad. El orgasmo es la culminación del espacio íntimo. Es la interioridad que se exterioriza en la interioridad del otro. Es la interioridad que se hace inmensa, oceánica...Es el espacio íntimo que se torna cósmico. Todo orgasmo nos coloca frente al mundo exterior e interior de lo infinitamente interno.
No existen - que yo sepa - imágenes de esa inmensidad que es el orgasmo. Si pudiéramos analizar las impresiones, el conjunto de imágenes, nos encontraríamos frente a una región fenoménica pura, paradojalmente, sin fenómenos. Dicho de otra manera, como el orgasmo no es un objeto concreto, una fenomenología de lo orgásmico, nos remitiría nuevamente a él. El orgasmo es, sin duda, un fenómeno de placer puro. La eyaculación, los flúidos y los hechos, como las contracciones musculares, los gemidos, las contorsiones, no serán sino subproductos de esta existencia del ser orgasmiante. El verdadero producto, es la conciencia de engrandecimiento sin límites. Muy próximo a la divinidad.
Este punto límite que es la experiencia orgásmica, es como "lanzarnos, arrojarnos al mundo", un mundo lo más parecido a lo que era el instante de nacer, de sumergirnos en la oleada aérea de la vida por venir. En el instante orgásmico, nos vemos devueltos a la natural actividad de nuestro ser inmensificante, magno, infinito...
¿Qué es esa inmensidad interior del orgasmo? Esa inmensidad, nace de un cuerpo de impresiones que no emergen, no proceden de las informaciones de la fisiología pura. No es necesario tener muchas experiencias orgásmicas, para experimentar la impresión, siempre un poco angustiada, de que "nos hundimos" en un mundo sin límite. Muy pronto, se pierden los rumbos, las coordenadas de la lógica conciente; no sabemos si vamos, si venimos, adonde entraremos (¿o caeremos?).... Pero una página literaria breve, de una profundidad singular, de Pieyre de Mandiargues, Le lis de mer, nos permite fijar el tema central:
"El carácter silvestre consiste en ser cerrado, al mismo tiempo que abierto por todas partes"
Y Marcault y Thérèse Brosse, refiriéndose al bosque, escriben:
"El bosque, sobre todo, con el misterio de su espacio indefinidamente prolongado más allá del velo de sus troncos y de sus hojas, espacio velado para los ojos, pero trasparente a la visión, es un verdadero trascendente psicológico"
Nos llama la atención ese "trascendente psicológico" La experiencia orgásmica, nos conduce a un trascendente psicológico, un más allá de la psicología corriente. ¿Cómo decir mejor que las funciones descriptivas - tanto de las psicológicas como de las objetivas empíricas - son, aquí, inoperantes? Se siente, en forma nítida, que hay otra cosa que expresar que lo que se ofrece objetivamente a la expresión. Hay algo del orden de lo profundo en un orgasmo, una grandeza oculta. Bastante lejos de los detalles, de las descripciones minuciosas, de los registros y los códigos, el orgasmiante se siente ante la impresión de algo "esencial" que busca su expresión. Es ese "trascendente psicológico". Es lo antiguo, lo "arqui", que por oleadas, se abalanza sobre el instante presente, lo rebalsa, lo inunda y lo proyecta, sembrando la tierra del otro, de tiempo, eternidad y cosmos. En el orgasmo, se amasa el infinito.
Antes que los hombres y mujeres estuvieran allí, ya el orgasmo latía. ¿Son los seres humanos hoy los que tienen orgasmo? ¿O es el orgasmo lo que propicia el encuentro de los seres? ¿No es, acaso, la convulsión orgásmica, la volcánica expresión de la naturaleza, que rompe su silencio ancestral para trascender atravesando seres? El orgasmo es y será, no una experiencia del no-yo, sino una experiencias del antes-yo, del antes-nosotros....
Existen, a veces, palabras que se ofrecen como síntesis de una expresión. Una de ellas, es la palabra vasto. Vasto es la palabra más próxima, la que señala más naturalmente la infinitud del espacio íntimo forjado por el orgasmo. A través de la palabra vasto, nos enfilamos hacia lo infinito, lo grande, lo majestuoso. Podríamos incluir en la obra poética de Boudelaire, los vastos orgasmos, luego de los "vastos ocios", o la facilitación de los ensueños por "los vastos silencios de la campiña", o "el mundo moral abre sus vastas perspectivas, llena de claridades nuevas"....
¿Pero la grandeza del espacio íntimo, de donde proviene? Indudablemente, no del espectáculo de las imágenes, sino de la profundidad insondable de los vastos pensamientos que desean aprehenderla. Desde siempre, los filósofos han discurrido sin cesar sobre las relaciones entre lo Uno y lo múltiple. La meditación baudelaireana, verdadero paradigma de meditación poética, encuentra una unidad profunda y tenebrosa, en el poder mismo de la síntesis, por la cual, las diversas impresiones de los sentidos, serán puestas en correspondencia. Estas "correspondencias", tan afines a las investigaciones empíricas biológicas, han sido estudiadas como hechos de la sensibilidad. Pero cualquier persona puede saber, que las cuerdas de la sensibilidad apenas coinciden de un soñador a otro. Baudelaire nos hace sentir que, inmensidad, en el aspecto íntimo, es una intensidad, una intensidad de ser, la intensidad de un ser que se desarrolla en una vasta perspectiva de inmensidad íntima. He aquí el orgasmo: la inmensidad de lo íntimo, la intensidad de ser...
El movimiento, dimensión exclusiva del orgasmo, entra en la categoría estética de lo vasto. En la poética boudelaireana, "es un ser vasto, inmenso, complicado pero eurítmico, de un animal lleno de genio, sufriendo y suspirando todos los suspiros y todas las ambiciones humanas"
Pero donde alcanza una cima de difícil parangón, son las páginas dedicadas a Wagner. Allí, Boudelaire, subrayando él mismo las metáforas, nos hace entrar en el reino de lo inmenso.
Al comentar la obertura de Lohengrin, en El Arte Romántico, dice:
"Desde los primeros compases, el alma del piadoso solitario que espera el vaso sagrado se sumerge en los espacios infinitos. Y ve formarse poco a poco una aparición extraña, que adquiere cuerpo y rostro. Esta aparición se precisa más, y pasa ante él la tropa milagrosa de los ángeles, llevando entre todos la copa sagrada. El santo cortejo se aproxima, el corazón del elegido de Dios se exalta poco a poco; se ensancha, se dilata; inefables aspiraciones se despiertan en él; cede a una beatitud creciente, al verse cada vez más próximo a la luminosa aparición, y, cuando por fin el Santo Grial mismo aparece en medio del cortejo sagrado, se abisma en una adoración extática, como si el mundo entero hubiera súbitamente desaparecido"
He aquí, la dilatación progresiva del ensueño orgásmico que el poeta nos hace sentir, hasta el punto supremo en que la inmensidad, nacida íntimamente, se disuelve en un sentimiento de éxtasis, absorbiendo, de algún modo, al mundo sensible.
Metáforas de luz, son comunes. Un texto de Liszt, nos hace participar en el espacio místico nacido de la meditación musical:
"Sobre una amplia extensión durmiente de melodías, un éter vaporoso....se extiende"
Y el onirismo de la visión poética, hace entrar al orgasmo en la categoría de las experiencias inefables, que no se pueden poner en palabras, cuando Boudelaire, expresa:
"Me sentí liberado de los lazos de la gravedad, volví a encontrar, por medio del recuerdo, la extraordinaria voluptuosidad que circula en las altas cimas. Luego me pinté involuntariamente, el delicioso estado de un hombre presa de un gran ensueño en una soledad absoluta, pero una soledad con un inmenso horizonte y una amplia luz difusa; la inmensidad sin más decorado que ella misma".
Expansión, extensión, éxtasis, pero...una inmensidad sin más adorno que ella misma. Dicha inmensidad, es la conquista de la más pura intimidad. Es sumergirse en la conciencia oní-rica...¡estando concientes!, con los ojos cerrados para ver la luz de la grandiosidad infinita de la naturaleza. Cuando se vive verdaderamente las palabras inmenso, vasto, el sujeto orgásmico, vive una experiencia poética, oniroide, y se ve liberado de sus preocupaciones, de sus pensamientos, y hasta liberado de sus sueños. Ya no está encerrado en su peso: flota sin gravedad. Ya no es prisionero de su propio ser.
No podríamos alcanzar estas conclusiones, partiendo de la psicología académica, "oficial". Tendremos que, para alcanzar el orgasmo, hacerlo atravesar por la poesía. El espacio íntimo, así trabajado, no sería más el compañero del espacio exterior de los geómetras y astrónomos, ya que, ellos también desean el espacio infinito, pero solo el signo y sin más signo que el infinito mismo.
El destino poético del ser humano, es el mismo que el del orgasmo: es ser espejo de la inmensidad, o, dicho con mayor precisión todavía, la inmensidad viene a tomar conciencia de ella misma en el ser humano. El ser humano es un ser vasto.
Creemos que la palabra orgasmo, no pertenece al mundo objetivo. Tiene un valor vocal. Es una palabra que se pronuncia, jamás solamente leída, jamás solamente vista en los objetos con los cuales se relaciona. Es de esas palabras que, los que se dedican a la sexología, aún ellos, pronuncian en voz baja. La palabra orgasmo tiene una acción poética, una actuación de musicalidad vocal. Dicha palabra resalta sobre otras palabras vecinas, resalta sobre las imágenes, y, tal vez, sobre el propio pensamiento. Es una conjunción de movimiento, asombro y....vastedad. Traduce una convicción vital que nos trasciende, y, simultáneamente, una convicción íntima.
El orgasmo nos abre las puertas de la inmensidad, de aquello que nos calma y nos otorga unidad en la explosión de lo infinito; abre espacios ilimitados, nos enseña a respirar con el aire que reposa en el horizonte de los alientos de los otros, y nos aleja de los muros de las prisiones quiméricas y cotidianas que nos angustian.
Cuando pronunciamos la palabra orgasmo, partimos de la vocal o, contracción labial que anticipa el movimiento, el salto hacia la a, donde las cuerdas vocales se tensan y los labios estallan y el aliento sonoro se expulsa. Vocal a, vocal de la inmensidad, espacio sonoro que comienza con un suspiro, y se extiende sin límites.
Con la a, la calma orgásmica, entra en nuestro pecho; por ella, respiramos cósmicamente, lejos de las agonías humanas. La letra o del final del orgasmo, perfecciona la balsámica calma de la letra expansiva a, y prepara los labios para una nueva repetición, siempre igual, pero siempre diferente.
¿Y qué de la pérdida de límites en el orgasmo? ¿Y qué de la dialéctica del "adentro" y del "afuera"? El orgasmo nos devuelve a una geometría sin fin. Encerrado en su ser, el ser humano desea salir, pero apenas salido, siempre quiere volver a él. Así, en el ser, todo es circuito, círculo, todo es retorno de orgasmos sin fin.
El orgasmo nos retrotrae al mundo metafórico y mítico de los pre-socráticos. Nunca un orgasmo es igual al otro o de los otros, se inscribe en un mundo plural y huye de aquello que lo quiere asir, dominar, comprender.... Es de la naturaleza misma del orgasmo, ser inaprensible y evanecente. Su identidad, es ser muchos...simultáneamente. No tiene un significado. Tiene múltiples. Así como la historia de la filosofía - según Nieztche - es la historia de la represión de la metáfora y el triunfo del concepto, así, la historia de la sexualidad humana, es la historia de la represión del orgasmo y el triunfo del sexo (entendiendo "sexo" aquí, como el concepto fuertemente biológico). Así, en tanto la metáfora remite sin cesar y nos deja asombrados por el misterio enigmático que encierra y que manda ser descifrado, así, el concepto, es un problema a ser resuelto y manda a pensar. El orgasmo, cual metáfora, manda sentir, experimentar el misterio y descifrar el enigma de la vida, vivida placenteramente. Sin pretensión de univocidad, que el orgasmo se dice (y se vive) de múltiples maneras...
¿Y de qué está constituido el orgasmo? Pretensión vana saber, dominar la esencia, el concepto. Un orgasmo está constituído por "Physis", aquello que es originario, el origen, aquello que, en rigor, está fuera del tiempo, algo divino - en el sentido griego del término - que está en todas las cosas, pero no está en ninguna cosa. Es el principio, lo original y.... aquello que lo constituye. Divino en el sentido de eterno.... que perduró, que perdura y que perdurará. No es posible pensar el orgasmo; sí, sentirlo. Aquí, ser es igual a sentir. No se inscribe el orgasmo dentro del "ser del orgasmo" sino dentro del "siendo....orgasmo" Los orgasmos no se tienen, sino devienen, son pura mutación y movimiento; es el ser en proceso perpetuo.
Sin embargo...¿entramos o salimos cuando tenemos un orgasmo? En primer lugar, se plantean problemas diferentes, asimétricos. Hacer concreto lo de adentro y vasto o grandioso lo de afuera, pareciera ser el primer problema de nuestra imaginación. Pero son, como puede constatarse, problemas diferentes, y tiene numerosos matices.
El ser es, periódicamente, condensación que se dispersa estallando en una sinfonía orgásmica y que instantes después, refluye hacia un centro. Lo de afuera y lo de adentro son, ambos, íntimos. Hay una permanente vacilación entre ambos espacios, que se borra en el instante orgásmico. Pero...¿Qué espacio habita el orgasmo? Un espacio que no es exterior, tampoco se compone de recuerdos. No tiene pasado. Está más allá de la fisiología...El espacio es el del ser mismo. Eso nos quita el aliento, nos entrecorta la respiración y nos remite a la filosofía...Porque....¿Dónde refugiarse si no hay espacio? ¿A qué afuera podríamos huir? ¿En qué adentro estará nuestro asilo? El orgasmo habita en un "horrible espacio afuera-adentro"
En ese espacio equívoco habitado por el orgasmo, el ser ha perdido su patria geometrizada y segura. He aquí la entrega y el terror, la puerta entreabierta al universo trascendente y la oclusión vana a la historia pulsante. Hay seres que dejan las puertas abiertas de par en par, en cambio otros, con los cerrojos echados, se encadenan a lo concreto, a lo asible, a lo dominable... Cuantos seres apenas, pueden asomarse a los umbrales de las puertas, desde donde atisban, asustados, el universo que no se atreven a vivir.
¿Y cuál es el tiempo donde transcurre el orgasmo? Para los griegos, existían dos clases de tiempo: el tiempo Cronos y el tiempo Aion, tal como lo conceptualiza G.Deleuze en su "Lógica del Sentido". Para Cronos, solo el presente existe en el tiempo. Pasado y futuro, son solo dilataciones del presente. Ya para Aion, solo el pasado y el futuro persisten en el tiempo. El presente, es el lugar del encuentro del pasado y del futuro. Porque el presente, es puro Acontecimiento. En lugar de un presente que absorbe el pasado y el futuro, existe un pasado y un futuro que dividen a cada instante el presente, que lo subdividen al infinito en pasado y futuro, en los dos sentidos al mismo tiempo. Ya no es más el futuro y el pasado que subvierten al presente existente, es el instante, que pervierte y transforma al presente en futuros y pasados insistentes. Es el devenir.... es un verbo; nunca un sustantivo. Aion significaba "época de la vida", "duración de la vida", o "destino", pues deriva de ayu o yu, (de donde iuvenis) Aion se usó luego como designando "eternidad", lo que hace ingresar, directamente al orgasmo, en "el tiempo de la vida juvenil eterna".
Aion es el tiempo donde reinan los llamados incorporales, habitantes de un lugar "átopon", un no-lugar, poblado de efectos, sin nunca llenarlo. Cronos es limitado e infinito, regulado por la profundidad, en cambio Aion, es infinito como futuro y pasado, pero finito como instante, que se mueve en la superficie. Siempre ya pasado y eternamente por venir. Así es el orgasmo: una experiencia que se hace con el cuerpo, pero que no reside en él. Es el efecto incorporal de la mezcla de los cuerpos, es el Acontecimiento que, a su vez, construye los cuerpos. Es una experiencia incorporal, que se da en el instante finito donde se encuentran, en permanente divergencia, el pasado y el presente infinito. O, como lo diría Unamuno, "el momento que pasa quedando" y "se queda pasando"...... Hay, en el orgasmo, una estética dionisíaca de la infinitud. La instantaneidad orgásmica, es la Naturaleza entera en un instante. Es el orgasmo, la nota más alta de la biología y la puerta de enlace con el mundo trascendente hacia una psicología meta-individual. Es un cometa incandecente generado en un pasado muy remoto, que nos atraviesa raudo, fugaz, en dirección al futuro. Hasta el próximo llamado. Hasta el próximo retorno infinito de lo siempre diferente.
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