LA
CRISIS ACTUAL DE LA MASCULINIDAD Y EL PODER. LO QUE VA DEL "MACHO" AL
VARÓN.
El final del Siglo nos encuentra dialogando sobre
"El poder y el ejercicio de la sexualidad". Más allá de las conclusiones,
lo que podemos decir y subrayar, es el poder ejercido por el psicoanálisis,
a lo largo de décadas. Es imposible hoy, elaborar conclusiones desconociendo
algunos de sus postulados. Como ejemplo, veamos lo aparecido en "Noticias",
el 3 de septiembre último:
"La relación psicoanalítica, entre el acto
de emitir el sufragio y la cópula tradicional, se simboliza en la penetración.
En el instante en que una mujer y un hombre introducen el voto deseado
en la urna, están representando una escena sexual simbólica. Es la decisión
entre poder o no hacerlo. Acaso cabría preguntarse: ¿El voto en blanco
es la abstinencia o el no deseo? ¿Y el voto anulado es la impotencia y
la frustración? El voto ganador sin duda, sería el orgasmo. Últimamente,
de acuerdo a la temperatura social que marcan los sondeos, este orgasmo
sería más calmante e higiénico que pasional".
En éstos tiempos post-feministas, la masculinidad
no se encuentra tan solo en transición, sino que se enfrenta a una crisis
sin precedentes.
No existe -hegelianamente hablando- la masculinidad. Hay, en plural, masculinidades.
Muchos modos de ser hombre.
Hay, según Robert Bly, lo "profundo masculino". Son antiguas formas de
hombría adulta, caracterizadas por la riqueza emocional y la intensidad
espiritual.
Cuando decimos profundo, para calificar
lo masculino, nos referimos a la dimensión, alcance, concentración, sustancia,
energía, autenticidad, y también, a lo estimulante, lo visceral, lo instintivo,
lo anímico, lo penetrante.
También en la penumbra, profundidad remite a latente, arcaico,
oculto, disfrazado, enterrado, remoto, silencioso, distorsionado por una
utilización fallida.
Históricamente, el varón ha cambiado en
los últimos treinta o cuarenta años. En los años cincuenta o sesenta,
nos referíamos más a un varón muy trabajador, responsable, disciplinado,
no tenía mucho en consideración la espiritualidad femenina, aunque sí
posaba sus ojos en su cuerpo.
Era, tradicionalmente muy vulnerable, agresivo y siempre se encontraba
dispuesto a la relación sexual. Suponía muchas insuficiencias y defectos.
Los post-sesenta, encontraron un hombre que se preguntaba que es ser hombre
....
El movimiento feminista animó a los varones a considerar a las mujeres.
Muchos hombres comenzaron a valorar sus propios componentes femeninos.
En los últimos años, el hombre se volvió más tierno, más amable, más considerado.
Lo que no lo ha hecho más libre. No solo agrada a su propia madre, sino
también a las jóvenes con las que convive.
El llamado "hombre light", el "hombre suave", es una realidad.
Son preservadores y protectores de la vida, pero no dadores de vida. A
muchos de ellos, se los ve al lado de mujeres fuertes.
Las viejas banderas del feminismo, en ese sentido, lo han logrado. Pero
-es de hacer notar- que no herir, no agredir, no significa no mostrarse
agresivo o con armas.
Estamos convencidos que la realidad es diversidad, siendo, por
ello irreductible a fórmulas estrechas. Es necesario efectuar un enorme
esfuerzo integrador de esa diversidad, en una visión omnicomprensiva.
Los dos géneros son totalmente complementarios. Esta es una premisa con
la cual nos han gatillado ideológicamente los últimos años. Habría aquí,
una contradicción... ¿Cómo pueden estar en competencia como individuos
y, a la vez, ser complementarios como parejas? La idea central es que
son diferentes en naturaleza, pero compatibles... Es evidente que el compromiso
a largo plazo entre los géneros (algo deseable, sin duda) contribuye a
la estabilidad social. Quizá ahora sería mejor o más adecuado reconocer,
que en ciertos aspectos, los sexos son inherentemente incompatibles. Si
reconociéramos eso, podríamos tener relaciones mejores y más sanas. Ya
estaríamos eliminando una represión que llevó, en el pasado, a una simulación,
una pretensión de igualdad que no reportó ni reporta beneficios psicológicos
a ninguno de los géneros.
Se pretende que -aún reconociendo la presencia de uniones firmes de larga
data- ambos sexos retengan la individualidad y que ninguno se subordine
al otro a costa de su propio desarrollo potencial.
Nadie pretende negar las obvias diferencias físicas, ni la exclusividad
de la experiencia de concebir que posee la mujer. Sin embargo, se ha enfatizado
en demasía que no hay diferencias psicológicas entre los sexos. Que ambos
sexos tienen la misma capacidad mental y tienen los mismos sentimientos
y emociones. Todas las diferencias, serían simplemente acondicionamientos
parentales, educacionales y sociales. Y hay numerosos psicólogos, intentando
destacar las características idiosincrásicas de los hombres, que los distinguen
como machos.
Frente a ello, hay otro grupo de profesionales, opinando sobre la permanente
justificativa de los hombres que intentan encubrir una falta importante:
la ausencia de la posibilidad de concebir. Puede haber aquí, no hay como
negarlo, un fragmento de verdad. Pero también puede haber alguna característica
que -pese a todos los intentos- no se ha logrado describir.
Las racionalizaciones de los hombres para justificar su conducta, subrayan
su capacidad de inventiva, reflejada en la enorme cantidad de tecnología
que ha mejorado sensiblemente la supervivencia. Sin embargo, deberíamos
admitir que tal capacidad de inventiva, ha causado mucho sufrimiento.
Las armas de destrucción masiva, poniendo en peligro esa misma supervivencia,
son un acabado ejemplo de ello. Y no nos referimos en detalle, al enorme
perjuicio al medio ambiente, a la ecología, con elementos tecnológicos
de primera magnitud.
Así como los hombres aspiran a metas elevadas desde todo punto de vista,
han igualado el éxito con la satisfacción de cualquier apetito, sin importar
las consecuencias.
EL ELOGIO DEL ANDRÓGINO
Hasta hace poco tiempo atrás, la mujer era considerada
como el lado oscuro de la humanidad y a nadie se le ocurría preguntarse
por el hombre. La masculinidad parecía ser algo evidente: luminosa, natural
y contraria a la femineidad. Pero las cuatro últimas décadas hicieron
volar en pedazos esas convicciones milenarias. Desde que las mujeres decidieron
redefinirse, forzaron a los hombres a hacer otro tanto. Es evidente que
XY sigue siendo la constante, pero la identidad masculina ya no es lo
que era (por suerte). Enfrentarse a las convicciones más íntimas es un
proceso necesariamente largo y doloroso. El antiguo hombre, ha desaparecido.
Dio paso a uno nuevo, diferente, que hemos comenzado a vislumbrar. Aún
no hay nada nítido y muchas veces, hay que suplir el vacío con imaginación.
Los hombres, hasta la década del sesenta, tuvieron bien claro lo que eran,
a ninguno se le ocurría preguntarse por la identidad masculina.
Algunos piensan que el movimiento feminista, desestabilizó las creencias
que servían de estables referencias. En realidad lo que hizo, fue mostrar
"desnudo al rey". Al acabar con la distinción entre los roles y tomarse
sistemáticamente todos los campos que antes estaban reservados exclusivamente
a los hombres, las mujeres desmontaron lo que caracterizaba universalmente
al hombre: su -pretendida- superioridad sobre la mujer.
Desde el origen del patriarcado, el hombre se definió siempre como un
ser humano privilegiado, dotado de algo de más que las mujeres
ignoraban. Se consideraba más fuerte, más inteligente, más valiente, más responsable, más creador o más racional.
Y ese más, justificaba su relación jerárquica con las mujeres,
o, al menos, con su propia mujer.
Con la desaparición progresiva de éste más, el hombre se ha visto enfrentado
a un vacío de definiciones. Hay motivos entonces, para sentir angustia
por todos aquellos jóvenes que navegan alertas para evitar dos escollos:
no ser suficientemente machos, o serlo demasiado.
El hombre reconciliado, no es una síntesis simple del hombre macho y el
hombre blando que lo precedieron. Ni hombre blando (soft male) ni hombre duro, incapaz de expresar sus sentimientos. Es más bien el gentle
man, que sabe combinar solidez y sensibilidad.
Un hombre que ha encontrado a su padre y reencontrado a su madre, es decir,
aquél que ha llegado a ser hombre, sin herir lo femenino-materno. El hombre
reconciliado, hace referencia a la idea de dos elementos que tuvieron
que separarse, e incluso oponerse, antes de reencontrarse.
El reencuentro del hombre adulto con su femineidad primera, está en el
extremo opuesto del odio a sí mismo que procede por exclusión. El hombre
reconciliado, no ha sido formado en el desprecio y el miedo a lo femenino
que caracterizó la educación de su abuelo, y, por lo tanto, el reencuentro
es menos difícil y dramático que antes.
En fin, la emergencia del hombre reconciliado, es producto de una gran
revolución paterna. Esta revolución exige un cambio radical de mentalidad
y una profunda transformación de las condiciones de la vida privada y
profesional.
Sólo en la androginia, machos y hembras pueden llegar a ser completamente
humanos.
Pero el andrógino, siempre ha tenido muy mala reputación y peor prensa.
Su origen mitológico lo asocia al monstruo hermafrodita y el uso actual
del concepto, suele estar ligado a esta vieja concepción.
Unos confunden androginia con afeminamiento, otros la asimilan a la masculinización
y otros, finalmente, la relacionan con la ausencia de toda característica
sexual.
La confusión entre lo andrógino y lo femenino, se mantiene. Muchos creyeron
que el hombre afeminado de los años setenta, anunciaba el advenimiento
del andrógino.
Otros denuncian, por el contrario, la tendencia actual a una "masculinización
unilateral".
Un tercer error, consiste en confundir lo andrógino con lo neutro, con
lo que queda anulado el dualismo sexual. Roland Barthes hizo referencia
a ese género neutro que no es ni masculino, ni femenino: es el no sexuado.
No hay muchas diferencias, en esta concepción, entre el andrógino y los
ángeles, o el lactante sin acceso aún a la diferenciación sexual, o con
el anciano que se ha vuelto indiferente.
No se nace hombre, se llega a ser y sólo entonces, es posible recuperar
al otro y aspirar a la androginia que caracteriza al hombre reconciliado
y completo.
El andrógino es la culminación de un proceso. Se suele confundir la condición
adulta con la edad del registro civil. A los 18 años, consideramos que
un joven es hombre, apto para la ciudadanía, el matrimonio, la paternidad
y la guerra. Y sin embargo, aún está muy lejos de haber alcanzado la edad
adulta. No sólo está todavía en proceso de adquirir su identidad masculina,
sino que se encuentra lejos de la última etapa: la reconciliación con
su femineidad, requisito indispensable para ser un verdadero andrógino.
Desde Jung se sabe de la importancia crucial que tienen las edades medias
de la vida. Sólo hacia la mitad de la vida es que el hombre llega a ser
plenamente adulto, algo más tardíamente que la mujer. Es una edad en que
cambian las normas masculinas. Menos centrado en sí mismo, en su poder
y su éxito, el hombre empieza a interesarse en los demás, a manifestar
atención y ternura, en fin, a expresar lo que se conoce como cualidades
femeninas. Es tal vez, la edad ideal para ser padre porque, como dice
Erik Erikson, es "la edad de la generatividad".
La revolución alcanza también a los padres. El fin del patriarcado marca
el inicio de una nueva forma de paternidad. El hombre reconciliado, ya
no se parece en nada al padre de otros tiempos.
El patriarca encarnaba la ley, la autoridad y la distancia, pero el patriarca
se caracterizaba también, y a esto se le ha dado escasa importancia, por
el hecho de que los padres abandonaban a los bebés. Se daba por sentado
que el pequeño era propiedad exclusiva de la madre, y por lo tanto, el
inicio de la vida transcurría en la cuasi ignorancia del padre.
La desaparición del patriarcado, el avance de la cultura post-modernista
y la investigación psicológica, marcan el surgimiento de una imagen de
padre y de su función, totalmente diferente, sobre todo, en lo referido
a la relación con los hijos.
Se sabe hoy, que los niños que han sufrido la ausencia del padre en los
primeros años de la vida, tienen mayores limitaciones en los diversos
aspectos de la personalidad que aquellos que perdieron a su padre a una
edad más avanzada.
Sigue vigente el viejo y clásico adagio aristotélico: son los hombres
los que engendran a los hombres. Pero hoy, con fundamentos radicalmente
distintos a los de ayer. |
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"El embajador
lacedemonio" Obra de Aubrey Beardsley (1896)
Extraído de "El erotismo en el arte del siglo XX" Angelika
Muthesius y Bukhard Riemchneider.
Benedikt Taschen (Germany) 1993. pag. 78
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